Nuestra Profesión, Una Vocación de Servicio.
Cuando me recibí de Contador Público en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires, nadie me había explicado del todo lo que significaba elegir esta profesión. Con el tiempo entendí que no elegí una carrera técnica: elegí un oficio de vocación, aunque no siempre se hable de él en esos términos. Las herramientas que me dio la facultad —el rigor analítico, la lectura de normas, la capacidad de fundamentar cada decisión— fueron la base de todo lo que hice después. En particular, lo que aprendí en las cátedras de Costos y Gestión es hoy la caja de herramientas que uso todos los días: la misma que aplico cuando enseño, cuando asesoro a una empresa o cuando diseño un método de costeo para un club de fútbol.
Nos formamos para trabajar con números, con normas, con vencimientos. Pero lo que realmente hacemos, contadores públicos y licenciados en administración, es trabajar para terceros. Cada balance, cada liquidación, cada informe, cada dictamen que armamos no es para nosotros: es para que otro —un dueño de empresa, un socio, un directorio, un organismo de control— tome una decisión. Y ahí está el peso real de lo que hacemos.
Lo que decimos, lo que recomendamos, lo que marcamos en un informe, influye. Influye en cómo un empresario decide invertir o no invertir, en si contrata o no contrata, en si un empleado cobra lo que le corresponde a tiempo, en si una empresa puede sostenerse o no en el tiempo. Nuestras palabras técnicas terminan teniendo consecuencias muy humanas, aunque estén escritas en un lenguaje frío de cifras y normativa.
Y esa influencia no siempre alcanza a todos por igual. Un mismo informe puede beneficiar al dueño de la empresa y no necesariamente a todos los que trabajan en ella. Un mismo consejo puede optimizar un resultado financiero y, al mismo tiempo, dejar en un lugar más difícil a otro estamento de esa misma organización. Darnos cuenta de esto —y no mirar para otro lado— es parte de lo que a mí me parece que distingue a un profesional con vocación de uno que simplemente cumple tareas.
En mi trayectoria trabajando en asesoramiento impositivo, laboral y contable, acompañando a empresas de distintos rubros, aprendí que la técnica es necesaria pero no alcanza. Lo que hace la diferencia es la responsabilidad con la que uno se para frente a cada informe, cada recomendación, cada número que firma. Porque detrás de cada expediente hay personas: un empleado que necesita que su liquidación esté bien hecha, un dueño de pyme que toma decisiones con la información que le damos, un equipo entero cuya estabilidad depende, muchas veces, de lo que nosotros interpretamos y comunicamos.
A quienes se reciben hoy les diría esto: la profesión que eligieron no es neutral. Va a poner en sus manos información que otros van a usar para decidir sobre la vida de terceros, muchas veces sin que esos terceros tengan voz en la conversación. Esa es la parte más silenciosa de nuestro trabajo, y también la más importante. Ejercer con rigor técnico es obligatorio. Ejercer con conciencia de a quién impacta cada decisión que ayudamos a tomar, es vocación.
Debemos tener presente que desde que arrancamos la carrera hasta hoy seguimos eligiendo este camino por dos razones que para mí van siempre juntas: la vocación de servicio y el crecimiento personal que nos da. Una sin la otra no alcanza. Por eso siempre sostengo lo importante que es soñar los objetivos que queremos lograr, y ponerles nombre y fecha. Es muy lindo ver, con los años, cómo muchos de esos sueños se hacen realidad. Si no sueño, estoy muerto.
A esto se suma la función docente que ejerzo en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires, que me permite transmitir lo que aprendí en tantos años de ejercicio profesional y, al mismo tiempo, recibir algo que ninguna liquidación ni informe me va a dar: el agradecimiento y la emoción de ver crecer a mis alumnos.
Siguiendo el ejemplo de las bienaventuranzas —”estuve preso y me viniste a visitar”— también llevo esa misma vocación a la cárcel, capacitando a internos en las mismas materias que dicto en la facultad, logrando que aprendan y aprueben. Ser parte del proyecto UBA XXII, que consigue que los presos que estudian bajen su porcentaje de reincidencia del 80% al 20%, es una de las cosas que me enorgullecen como integrante del claustro de esta facultad.
Hoy en día me dedico también a volcar los aprendizajes que me dio la profesión en otros rubros: en el hotelería, donde persigo el objetivo de la excelencia del servicio junto con la rentabilidad adecuada para el propietario; y en la gestión del fútbol profesional, diseñando métodos de valuación y costeo de los jugadores formados y del valor de la cantera.
Y algo que tengo muy claro: el desarrollo personal acompaña necesariamente al éxito profesional. No hay uno sin el otro. Tengo la posibilidad de disfrutar la vida cotidiana junto a mis hijas y mi esposa, compañeras permanentes y necesarias para la felicidad humana, respetando el modelo que cada una eligió como propio y el esfuerzo cotidiano que le dedica. No hay uno sin otro.
Bienvenidos a una profesión que exige números exactos y mirada amplia al mismo tiempo. Ojalá la ejerzan con el mismo compromiso —y con los mismos sueños— con los que, espero, la sigo ejerciendo yo.
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Juan Martín Carratalá
Contador Público FCE UBA
Secretario del Departamento Pedagógico de Contabilidad y profesor a cargo de las cátedras de Sistemas de Costos, Gestión y Costos y Gestión de Costos FCE UBA
Socio fundador de CGC Consultores; asesor de empresas en gestión estratégica y costos, y en materia impositiva, laboral y contable.
Contador y Auditor de la Academia Nacional de Ciencias Económicas (ANCE), la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires (ANCBA), la Academia Nacional de Educación (ANE) y la Academia de Ciencias Contables (ACC).